La heroína es una de las drogas más peligrosas, en la última década ha conservado una cifra estable de unos 3.000 consumidores, según los datos de los centros de atención y seguimiento de las drogodependencias de Barcelona.
Pero más que la cantidad de droga incautada, el dato que hizo saltar las alarmas fue el descubrimiento, por primera vez en España, y en Europa occidental, de laboratorios para la elaboración de heroína a partir del opio transportado desde Afganistán. Uno de ellos fue desmantelado en diciembre en Valladolid y otro pudo ser descubierto en febrero pasado en Cuenca.
Por el momento, esos dos hallazgos, que sorprendieron tanto a los investigadores como los especialistas, no han tenido una traducción en el mercado. Tampoco se puede asegurar que la intención de los narcotraficantes fuera empezar a fabricar su propia heroína para inundar las calles, bajar los precios y atrapar así a nuevos consumidores.
Pero nadie baja la guardia. La primera, Teresa Brugal, una de las mujeres más sabias en materia de drogodependencias y responsable de los servicios municipales de prevención y atención en Barcelona. Ella está especialmente atenta a la epidemia de heroína que está sufriendo Estados Unidos. «Allí se ha convertido en una sustancia de moda que no asusta», advierte Brugal, que teme que esa moda cruce el charco hasta nuestras calles. «Estamos muy pendientes de las encuestas que cada dos años nos indican que aquí la heroína se sigue asociando a la muerte».
Hay una cifra inquietante, la de las de las personas que cada año en Barcelona inician un tratamiento por heroína. De esos, un 30% acuden por primera vez a los servicios asistenciales tras una media de tres años consumiendo heroína. Son los 60 nuevos heroinómanos que cada año renuevan ese colectivo de unos 3.000 usuarios a los que la Agència de Salut Pública asiste en Barcelona.
Y algunos de los que empiezan a inyectarse heroína son jóvenes. Basta pasar una tarde en el Centre d’Atenció i Seguiment a les Drogodependències (CAS) de Baluard, en Drassanes, para descubrir, entre los usuarios que ya han traspasado los 40 años y que han cronificado su adicción, a gente joven, demasiado joven. Noelia Girona lleva tres años trabajando de educadora en Baluart y ahora es responsable del centro el fin de semana. «Hay un perfil de joven que transita por casas okupas, anticultural y muy anárquico que se inyecta heroína y nos llega», dice. Esa realidad que describe la educadora se refleja también en los análisis que los laboratorios de Energy Control han realizado este año con 35 muestras de heroína cedidas por usuarios de Baluard. En el grupo hay una chica de solo 21 años, y nueve no llegan a los 30. Como Ainoa.
Fuente: El Periódico de Catalunya
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